LA MALDICION DE LOS RECURSOS NATURALES

LA MALDICION DE LOS RECURSOS NATURALES

Me propongo actualizar el blog con algunos nuevos materiales (imposible hacerlo antes por una serie de compromisos en distintos países). Para comenzar, en este primer post retomo una discusión en Uruguay, a partir de declaraciones del ministro de economía Fernando Lorenzo, En una presentación pública llamó a desterrar la idea de la “maldición” económica en ser un proveedor de materias primas en los mercados globales. Esto permite repasar el debate reciente sobre la llamada “maldición de los recursos naturales” o de la “abundancia”. Sigue un artículo en el semanario Voces donde se comenta el asunto.

El ministro de economía uruguayo por un lado se apartaba de la idea de la “maldición” de ser meros exportadores de materias primas, y por el otro lado, consideró que la “verdadera maldición es de las malas políticas económicas”, resaltando las medidas internas del gobierno (según un reporte en La Diaria, 24 octubre 2011).

La llamada “maldición de la abundancia” alude a los países que son muy ricos en materias primas, donde la exportación de unas pocas de ellas se convierte en su principal sustento, pero ello les permita superar sus problemas de pobreza o garantizar el bienestar. Los ejemplos más conocidos son naciones exportadoras de petróleo como Nigeria, que mueven enormes sumas dinero, pero su población sigue sumida en la pobreza. La misma contradicción está en varios casos latinoamericanos, donde hay países que se han especializado en exportar minerales o productos agrícolas como el banano o el cacao.

Ricos pero pobres

Esos y otros casos muestran la paradoja de países que son ricos en recursos pero terminan siendo po-bres. Ese fenómeno viene siendo estudiado desde hace años, y existen diversas explicaciones. Algunos señalan que se generan economías rentistas, donde el gobierno, y una elite asociada a éstos, se benefician de los éxitos exportadores, impidiendo cualquier diversificación. Otros apuntan a debilidades institucionales y políticas, señalando que existen más de un país rico en recursos naturales que lograron superar ese problema generando condiciones de bienestar para su población.

Incluso se ha llegado a indicar un determinismo geográfico y cultural, tal como sostenían algunos eco-nomistas del BID años atrás. Esquematizando sus posturas, podría decirse que esos técnicos señala-ban que en los trópicos la abundancia de alimentos y la falta de restricciones terminaban generando una cultura conformista. No había incentivos para esforzarse, y por lo tanto las economías no se diversificaban.

Más allá de esas evaluaciones, es oportuno recordar que en general las izquierdas, y en especial las miradas críticas al desarrollo que son afines a éstas, siempre cuestionaron o miraron con desconfianza la especialización en proveer materias primas. El restringirse a exportar minerales, bananas o caña de azúcar, era más bien expresión de una condición de subdesarrollo que debía ser remontada. Los acentos se ponían en diversificar las economías, promover la industrialización y ampliar la canasta de productos que se exportaban.

Pero esa mirada no siempre se repite en la actualidad. De hecho, nuestro ministro de economía llamó a “desterrar” la idea de la “maldición de los recursos naturales”. Algo similar sucede en los últimos tiempos en los países vecinos, donde desde los gobiernos y parte de la academia se resisten las advertencias sobre los riesgos en la alta dependencia de exportaciones de materias primas. Varios factores parecen jugar en estos casos.

Por un lado, hay posturas coyunturales ya que todos quieren aprovechar los altos precios de las materias primas. Incluso, más allá de las fluctuaciones en los precios, también existe una demanda sostenida, y casi todas las previsiones indican que este llamado “super ciclo de las commodities” se mantendrá unos años más.

Por otro lado también hay un cambio conceptual, más profundo. Ahora se defiende la idea de vender materias primas como un medio para insertarse en la globalización. Este es un cambio nada menor frente a las varias décadas durante las cuales los latinoamericanos insistían en su industrialización. Los síntomas más claros están en documentos recientes de CEPAL, donde aquella invocación industrialista se hace menos visible, y ahora se pasa a defender las exportaciones en hidrocarburos, minerales o alimentos. La sorpresa es mucho mayor en tanto, son gobiernos de izquierda los que están montando esa estrategia de desarrollo.

Una nota de precaución

En este punto es oportuno advertir al lector que no estoy rechazando el uso de recursos naturales, ni prohibir sus exportaciones. Mi objetivo es, en cambio, señalar que la especialización como proveedor de materias primas, la “primarización” de las exportaciones no representa una estrategia de desarrollo genuina. Es un componente que podrá desempeñar ciertos papeles, pero no pude ser un eje vertebral. Es un camino riesgoso, incierto, y que al final es incluso un mal negocio para el país. Por lo tanto, en lugar de rechazar las advertencias sobre la “maldición de la abundancia”, habría que ver cómo evitarla.

La especialización en materias tiene varios efectos negativos, y tan sólo quisiera mencionar algunos. En las épocas de bonanza se puede generar la llamada “enfermedad holandesa”, donde existen enormes ingresos por exportaciones, la moneda nacional se revalúa, otras exportaciones pierden competitividad y las importaciones se abaratan. Esto lleva en parte a una desindustrialización, pero que pasa desapercibida por el frenesí de consumo de esos bienes importados baratos. Los sectores primarios por lo general son muy buenos para la macroeconomía, ya que generan indicadores de comercio y crecimiento muy atractivos; pero como requieren poco empleo y no diversifican la producción, son muy malos para la microeconomía de las personas. Se cae en situaciones donde las exportaciones baten records, pero el salario es exiguo, y la generación de empleo sigue siendo un dolor de cabeza. ¿Le suena conocido? Posiblemente sí, ya que varios de esos síntomas aparecen en distintos países sudamericanos.

La especialización en exportar unas pocas materias primas hace al país todavía más subordinado. En efecto, queda supeditado a los mercados compradores, los precios de esos productos se los imponen desde fuera, y debe atraer inversores para llevar adelante los proyectos. Esto le obliga a firmar acuerdos de inversión, otorgar diversas flexibilidades en las regulaciones sociales y ambientales, e incluso exoneraciones tributarias, energía o agua barata, o acceso a infraestructura de transporte.

En general la producción en materias primas está asociada a altos impactos ambientales y unos cuantos costos sociales. Como buena parte de ellos son desatendidos para permitir la inversión y las exportaciones, se caen en protestas y conflictos ciudadanos, los que a su vez son reprimidos. La maldición de los recursos naturales casi siempre tiene aristas antidemocráticas.

Los antídotos están en medidas como diversificar la producción nacional, la inserción comercial y desplegar políticas públicas. El ministro Lorenzo tiene razón cuando en ese mismo evento destacaba la importancia de las medidas internas. Pero en ese campo también es necesaria la precaución.

Se sale de la maldición diversificando la producción, y esto quiere decir evitando la primarización exportadora. Entonces, pasar a ser exportadores mineros no es ningún antídoto, ni un ejemplo de diversificación, sino todo lo contrario. A su vez, hay que tener mucho cuidado en no caer en una trampa donde el financiamiento de los planes de lucha contra la pobreza dependan de promover todavía más la exportación de materias primas. Estas y otras medidas pueden ser discutidas. Pero cualquiera de ellas requiere un paso previo, y que consiste en comenzar a discutir con mayor detalle las estrategias de desarrollo posible.

El texto del post está basado en una nota publicada en el semanario uruguayo Voces, el 3 de noviembre de 2011.

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