CUANDO UNA PANDEMIA OBLIGA A CAMBIAR LA CULTURA POLITICA PARA NO SUCUMBIR

CUANDO UNA PANDEMIA OBLIGA A CAMBIAR LA CULTURA POLITICA PARA NO SUCUMBIR
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Estamos enfrentando una crisis de nuevo tipo. Eso lo sabemos, pero lo que no siempre se asume es la apabullante circunstancia de su avance en múltiples flancos al mismo tiempo: es planetaria, su propagación es vertiginosa, y sus consecuencias invaden muchas dimensiones, que por ejemplo van desde la sanitaria a la económica, de la moral a la política, con impactos en todas ellas simultáneamente.

 

Enfocándome en el caso de Uruguay, es indispensbale partir por entender que nunca antes el país había enfrentado a algo así. Entonces es inevitable preguntarse si la cultura política uruguaya, ese talante de ser conservadores y autonomistas al mismo tiempo, de los ritmos cansinos, y que fue útil en el pasado, sigue siendo apropiada ante este nuevo desafío.

La ansiedad con saber el número de contagios diarios hace que muchas veces se pierda de vista que esa uruguayidad está jaqueada. La pandemia tendrá impactos económicos severos que a su vez están enmarcados en problemas globales muy serios, como la caída de los precios de las materias primas, su creciente volatilidad o el desplome de capitales de inversión. Uruguay no controla ninguna de esas dinámicas. Es en ese contexto que se insertará el paulatino apagado nacional, y por ello se deben evitar eufemismos y reconocer que las consecuencias serán, en realidad, brutales.

A su vez, el derrumbe de la economía no podrá ser resuelto únicamente con herramientas de la economía convencional. Las respuestas del gobierno, como flexibilizar tributos o brindar préstamos blandos a las empresas, no alcanzarán a los que ya estaban en la informalidad por ejemplo, y menos a los que se rebuscan en el día a día.

Muchas respuestas deben buscarse en otros ámbitos, y ya se debería estar pensando cómo asegurar el acceso a alimentos, sanidad y servicios básicos. Esto no se resuelve con instrumentos de asistencia económica al viejo estilo, y es una incógnita si el gobierno, la oposición y unos cuantos sectores sociales, entienden esto.

Es que nuestra cultura política, que tiene sus raíces a inicios del siglo XX, y se reconfiguró y fortaleció desde fines de los años 80, tiene atributos positivos pero otros son negativos. Ha derivado hacia posturas individualistas, liberales aunque también republicanas, y cada vez más ensimismadas en disputas por los excedentes económicos (como las que oponen corporaciones empresariales al gobierno) o en usar compensaciones económicas (como ha hecho el MIDES por años). Las discusiones de fondo sobre cómo organizar la producción y el comercio o los sentidos de la justicia, no es que desaparecieran, sino que fueron relegadas.

El actual gobierno de Lacalle Pou como está mucho más cerca de un individualismo liberal no está muy bien equipado para instalar alternativas más profundas en esas otras dimensiones. El síntoma más claro es la falta de liderazgo que por ahora muestra el nuevo ministro de desarrollo social (viene de una escuela donde prevalece el sentido de caridad sobre el de justicia). Esto no quiere decir que si la pandemia hubiese estallado en el tramo final del gobierno Vázquez lo hubiesen hecho mejor; por el contrario, dada la edad y el ánimo de aquel equipo, son válidas todas las dudas sobre si hubiesen tenido la energía para enfrentar la crisis, y ellos también, a su modo, operaban en esa misma lógica.

Pero esa uruguayidad está tan arraigada que se repite en otros actores, como ocurrió con la confusa convocatoria a cacerolear de la central sindical PIT CNT. Se aclaró que no era una protesta sino un reclamo de medidas más enérgicas, como un ingreso mínimo ciudadano transitorio. Es una idea muy potente, pero lo que más llama la atención es que si realmente se quiere resolver la urgencia social la primera medida ya está al alcance de la mano, y es la cancelación del contrato con  la empresa de celulosa UPM, para instalar una nueva planta.

Uruguay está obligado a enormes aportes financieros para una planta que generará muy poco empleo, y su justificación, basada en la vieja lógica de la calificación del riesgo país, saltó por los aires con los primeros estornudos con coranovirus. Todo ese dinero podría utilizarse en crear empleo genuino, en atender la urgencia social, e incluso en un ingreso mínimo ciudadano. Pero casi todos están tan metidos en la convencionalidad de la uruguayidad que no se animan a pensar o defender la alternativa.

Lo mismo se repite con otro atributo nacional: la marcha cansina. No se entiende que esta crisis avanza vertiginosamente, y mientras aquí se dan los primeros pasos para armar un plan que después llevaría a comprar más respiradores, desde ayer sabemos que en el mercado mundial ya casi no se los venden porque los países que los manufacturan se los guardan, u otros reaccionaron antes y ya los encargaron.

Para agravar la situación, muchos medios parecen estar más que desorientados. Se entretienen reproduciendo nimiedades, como por ejemplo el informativo televisivo en horario central donde la locutora presenta una entrevista a un “trascender coacher” que recomienda abordar la crisis respirando profundo o gritando.

Si se sigue dentro de la uruguayidad del liberalismo individualista cansino no se enfrentará con éxito la pandemia. Los viejos modos de pensar y reaccionar están caducando ante nuestros ojos, y se requiere otra actitud. Esto es un desafío que necesariamente debe ser abordado antes que sea demasiado tarde, y el primer paso es reconocer que deberá cambiar nuestra cultura política.

 

Artículo publicado originalmente en el Semanario Voces, Montevideo, 26 de marzo 2020.

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