PODIA EMPEORAR, Y EMPEORO: MAS VIOLENCIA, MAS IMPACTOS

PODIA EMPEORAR, Y EMPEORO: MAS VIOLENCIA, MAS IMPACTOS
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Somos testigos de extractivismos mineros que, montados en las incapacidades estatales, ahora se multiplican en decenas de miles de pequeños enclaves, que totalizan enormes superficies, no solo ocasionando severos impactos sociales y ambientales, sino que además son mucho más violentos.

 

La confluencia de factores globales y condiciones nacionales lleva a sustantivos cambios en los extractivismos mineros tanto en Colombia como en el resto de América del Sur. Sus impactos se multiplican, se intensifican, y al mismo tiempo son mucho más violentos.

En la minería de oro se expresa la gravedad de esta situación. Los precios de referencia internacionales han venido aumentando; en octubre de 2024 estaba en la franja de 2.700 dólares la onza, y un año después, en las últimas semanas roza los cuatro mil dólares –una cifra que poco tiempo atrás resultaba disparatada. Sin embargo, esto es alimentado por la incertidumbre en los mercados globales, los caprichos comerciales del gobierno Trump en Estados Unidos, y la creciente demanda en especial desde China, India y del Medio Oriente.

Esos altos precios se vuelven en una poderosa influencia que alienta a explotar ese mineral. En unos casos eso se expresa en los grandes emprendimientos que son formales, pero al mismo tiempo alimenta una avalancha de pequeñas explotaciones que reciben calificativos tales como informal, tradicional, ilegal, etcétera. Su resultado más alarmante es la diseminación de la minería de oro aluvial en las regiones andino-amazónicas.

Extractivismos 

Ese tipo de actividades como otras ya muy conocidas, como la explotación de carbón en Cerrejón, corresponden a lo que se conoce como extractivismos mineros. Estamos ante una extracción de altos volúmenes de recursos naturales, y además por procedimientos muy intensos, con el propósito de exportarlos como una materia prima o commodity, sin procesamiento. Son actividades glocales, ya que por un lado depende de los mercados globales que compran minerales, y por otro están anclados localmente a los sitios donde se encuentran esos recursos.

Los extractivismos mineros sudamericanos más conocidos son, por ejemplo, la explotación de carbón, cobre, hierro o litio. Operan grandes empresas que apostaron por explotaciones a gran escala. Desde hace décadas se han acumulado reportes sobre los impactos de sus prácticas, se han sucedido conflictos y resistencias locales, y se ha alertado sobre los incumplimientos en las evaluaciones y controles ambientales. Por si fuera poco, las promesas de ingresos económicos y empleos, evidentemente no cumplieron. Por lo tanto, ese mal desempeño en cualquiera de esas dimensiones demuestra, una vez más, que se trata de una minería depredadora.

Esos problemas no se han resuelto, persisten en Colombia (como lo deja en evidencia la insistencia en explotar, por ejemplo, carbón), como en los demás países. Se siguen aprobando nuevos emprendimientos y los que están en marcha continúan provocando todo tipo de problemas. Los Estados han sido incapaces de asegurar monitoreos y controles, identificar incumplimientos y penalizarlos adecuadamente.

Es peor

Esa situación, que era muy mala, empeoró. A aquella minería empresarial y de gran porte, ahora se suma la multiplicación de otras que son una mezcla de informalidad e ilegalidad. Están en manos de decenas de miles de personas, cada una actuando en una superficie acotada pero que al sumarse el total es enorme, y que es aún más grave ya que en muchos casos está en movimiento.

Su expresión más importante es la explotación de oro en las orillas y arenas de los ríos andino – amazónicos. Provocan severos impactos ambientales, como la deforestación en las márgenes de los ríos o por la apertura de caminos o instalación de campamentos. En la región amazónica, la deforestación acumulada debido a la minería de oro ha sido estimada en más de dos millones de hectáreas. En los últimos seis años creció un 50 por ciento y es particularmente grave en el sur de Perú, el sureste de Brasil, y en el macizo de las Guayanas1. Un tercio de esa pérdida de bosques tuvo lugar en territorios indígenas y áreas protegidas. Remueve enormes volúmenes de arenas y rocas en esos ríos, y para separar el oro emplea mercurio, un contaminante que se cuela en los suelos y aguas, y de allí llega, por ejemplo, a los peces.

Al mismo tiempo se suman efectos sociales. Grupos provenientes desde otras regiones penetran en territorios indígenas y campesinos, e incluso pueden expulsar a los pobladores locales. Son contingentes de personas, muchos de ellos inmersos en condiciones de pobreza, que deciden dedicarse a esa minería atrapados por las expectativas de ganancias gracias a los altos precios; en realidad, la mayor parte seguirán atrapados en la pobreza.

Entretanto, la calidad de vida de las comunidades originarias se derrumba, por ejemplo, al contaminarse sus alimentos y aguas. Esa racionalidad mercantilizada, obsesionada con el oro, también ingresa en el seno de esas comunidades, incluso en aquellas que por décadas se han opuesto a la minería y han defendido sus territorios, y hace que cada vez más comunarios decidan dedicarse a esa minería.

El entrevero y la confusión conceptual

Esa nueva minería es tan depredadora como aquella que es formal. Pero no siempre se advierte esto, en parte por las imprecisiones y confusiones conceptuales. No son actividades concentradas en unas pocas grandes empresas extranjeras o nacionales, sino que en ella participan todo tipo de actores locales. No está concentrada en unos pocos enclaves, como puede ser un tajo a cielo abierto, sino que son explotaciones que operan en superficies pequeñas. En unos casos es francamente ilegal, pero en otros ha sido catalogada como informal, e incluso se la reivindica como ancestral o tradicional. Tal vez el ejemplo más conocido en Colombia proviene de comunidades negras que defienden, y reclaman, persistir en su propia minería.

La justificación de este extractivismo como una expresión cultural, tradicional o incluso étnica, es muy endeble. Las prácticas actuales, con maquinarias y químicos son muy distintas, por ejemplo, a las de los siglos XVIII y XIX. La circunstancia de estar en manos de un grupo comunitario no implica ni la anulación de sus efectos ecológicos, que son severos, ni liberarse de la subordinación a las redes de comercio internacional, ya que ese oro siempre se inserta en exportaciones.

Tampoco es aceptable afirmar que deben ser aceptables por su pequeña escala, muy distinta de las grandes megaminas. El problema es que son conglomerados de decenas de miles de personas, y por lo tanto la superficie sumada de todo el conjunto es enorme. En Colombia, un reciente reporte de la Procuraduría General de la Nación, indica que aproximadamente 350 mil personas participan en esa minería (aunque el número real debe ser mucho más alto), y opera en 29 de los 32 departamentos2. Estimaron que la minería de oro aluvial abarca más de 94 mil hectáreas, tres cuartas partes de ella es ilegal, con impactos por deforestación y contaminación por mercurio. A diferencia de las minas convencionales, sus enclavesse mueven, desplazándose a lo largo de los ríos, dejando una estela de destrucción por detrás, multiplicando de ese modo sus impactos espaciales.

Empeoró más

Esta minería se multiplicó impulsada por los altos precios del oro y la ausencia de normativas claras o de control estatal. Lo que podía empeorar, empeoró aún más, y la situación ahora alcanza ribetes dramáticos. Esa minería se expandió, aumentó la invasión de territorios indígenas o campesinos, e incluso de áreas protegidas. Montan enormes balsas o dragas en los ríos, algunas de ellas sofisticadas, y la depredación ecológica se agrava3. Por ejemplo, en la triple frontera entre Colombia, Brasil, y Perú, se la observa en los ríos; tan solo como ilustración, a lo largo del Río Puré, las fotografías satelitales mostraban que operaban 29 dragas en noviembre de 2024, y en marzo-abril del 2025, fueron 27 dragas4. Cuentan con sus propias redes de suministro de combustibles y mercurio, así como para comercializar el oro, montadas en el contrabando, e incluso sumando el tráfico de personas, especialmente niñas y adolescentes para la prostitución en los campamentos mineros.

Es una minería mucho más violenta. Grupos armados brindan vigilancia y seguridad, y ahora se los emplea para invadir territorios, para enfrentar otros mineros ilegales, e incluso contra empresas formales. En algunos sitios, esas bandas dejaron de estar a las órdenes de los mineros, para pasar a controlarlos a ellos y a toda su comercialización. Agrupamientos que se dedicaban a otros rubros, como el narcotráfico, o que pertenecían a grupos guerrilleros, ahora se vuelcan a esta minería (como en Colombia). Se amenazan o desplazan a comunarios, se asesinan a líderes locales o competidores, y se llaga a la extrema crueldad, como fue el hallazgo de 13 personas asesinadas abandonadas en un socavón minero en el norte de Perú5.

El Estado y la política convencional nunca logró un control efectivo sobre los extractivismos convencionales, y ese fracaso permitió la expansión de esta minería, todavía más depredadora y violenta. Se desploma la salvaguarda de los derechos y la violencia se generaliza. Se constituye una gobernabilidad híbrida, donde coexisten las bandas criminales y el Estado, todos asegurando el funcionamiento de este capitalismo exportador de oro. Esta es una situación inaceptable, y sus consecuencias, una vez más, la padecen las comunidades locales y la Naturaleza.

Notas

1 MAAP #226: AI to detect Amazon gold mining deforestation – 2024 update, 4 de mayo 2025,

2 Informe Nacional de Minería Ilegal y Contaminación por Mercurio en Colombia, Procuraduría General de la Nación, 13 diciembre 2024.

3 Amazonia. Transiciones y alternativas antes del colapso, E. Gudynas, Desde Abajo, Bogotá, 2025.

4 MAAP #228: La Minería Ilegal en los Ríos Puré y Cotuhé en la Amazonía Colombiana, Monitoring Andes Amazon Program, 22 mayo 2025.

5 Masacre en Perú expone el poder de las bandas mineras, S.  Doherty, InSight Crime, 13 Mayo 2025.

 

Publicado en periódico Desde Abajo, No 329, Bogotá, en octubre 2025. 

 

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