IZQUIERDA Y PROGRESISMO ANTE EL MUNDO

IZQUIERDA Y PROGRESISMO ANTE EL MUNDO

Comparto un nuevo aporte sobre la serie de notas a propósito de la distinción entre izquierda y progresismo (presentada aquí…). Como se recordará uno de los componentes para diferenciarlas radicaba en sus posiciones sobre la globalización y la integración latinoamericana. Esas cuestiones son analizadas con un poco más de detalle en esta nota publicada en el mensuario El Desacuerdo.

Comencemos por retomar el reconocimiento que, poco a poco, el progresismo gobernante en varios países sudamericanos se está convirtiendo en un animal político con identidad propia y distinta de la izquierda que le dio origen. No expresan posturas conservadoras, pero sí una divergencia, donde izquierda y progresismo ya no son lo mismo. Uno de los ámbitos donde esto ocurre son las posturas sobre la integración regional y la globalización.

Esto podría sorprender, ya que cualquier de los actuales gobiernos progresistas, desde Ecuador y Venezuela, a Brasil y Uruguay, mantienen fuertes discursos latinoamericanistas. Han conseguido avances importantes especialmente en la coordinación política. Pero un examen más atento revela esas diferencias.

Para analizar esta situación es oportuno recordar que en la década de 1990 y comienzo de los 2000, desde la izquierda se organizaron ideas sustantivas para relanzar la integración latinoamericana y lidiar con la globalización. Esto se debía en buena medida a una militante reacción frente al proyecto del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), promovida por EE.UU. En esos tiempos se crearon amplias coordinaciones y alianzas entre sindicatos, organizaciones del campo, asociaciones indígenas, ONGs urbanas, y muchos otros actores sociales, y que jugarían papeles determinantes en la conquista de varios gobiernos.

Se pueden ofrecer ejemplos muy concretos sobre cómo el progresismo se apartó poco a poco de esas posturas de izquierda, y en este texto me parece oportuno compartir algunos que involucran a Bolivia.

Carreteras globalizadas

Un primer asunto se refiere a cómo entender la integración física. La visión en los tiempos neoliberales exigía redes de carreteras e hidrovías, impuestas más allá de sus impactos sociales y ambientales, que no necesariamente conectaban los países entre sí, sino que eran vías de salida hacia la globalización comercial. El ejemplo de esa postura era IIRSA (Iniciativa en Infraestructura Regional Sudamericana), creada en 2000, bajo el empuje de Brasil en tiempos de Fernando Henrique Cardoso. Las izquierdas sociales y partidarias combatieron duramente la IIRSA, no sólo por sus impactos locales, sino por responder a una base conceptual era esencialmente la del ALCA. En esos tiempos, la oposición al ALCA implicaba enfrentar IIRSA.

El espíritu de izquierda para enfrentar la IIRSA y proponer otra integración, fueron expresados claramente en el primer gobierno de Evo Morales, con una carta abierta dirigida a todos los presidentes sudamericanos. Fechada en 2006, fue un aporte a una cumbre de lo que era en aquellos años la Comunidad Sudamericana de Naciones. En ella, el gobierno Morales pedía pasar “de las palabras a los hechos”, y generar relaciones de comercio justo dentro del continente, apartándose de la lógica IIRSA. Reclamó una integración “para nuestros pueblos y no sólo para exportar, con medidas coordinadas para proteger el ambiente, donde los “recursos naturales no pueden ser tratados como mercancías”.

Esos pedidos, con un claro talante de izquierda, no tuvieron eco. En cambio, al consolidarse el progresismo con el paso del tiempo, las ideas de IIRSA fueron adoptadas por todos los países. No sólo eso, sino que en 2009 pasaron a estar dentro de UNASUR, en su consejo sudamericano de infraestructura y planeamiento (COSIPLAN). Su sentido extrovertido hacia la globalización se reforzó, y hoy, todos los gobiernos, sean conservadores o progresistas, apoyan y financian esa iniciativa.

Asimetrías y convergencias

Un segundo caso, todavía más abarcador, se refiere al sentido de una integración continental. Las negociaciones bajo el ALCA permitieron aprender que una problemática central era la reducción de las asimetrías (diferencias entre economías grandes y pequeñas), para poder avanzar hacia una convergencia (donde los países de menor desarrollo económico reducen sus brechas con aquellos más avanzados). Eso era muy claro porque en el ALCA había una gran asimetría entre las economías latinoamericanas y las de EE.UU. y Canadá.

Al caer el ALCA, a medida que la discusión de la integración pasó a enfocarse cada vez más en Sudamérica, las cuestiones de asimetrías y convergencias claramente tenían otro marco de referencia: Brasil era ahora la economía más grande. Entonces, la reducción de asimetrías y la convergencia debía pasar por mecanismos donde los más pequeños se acercaran al gigante o a países con niveles económicos y sociales más altos (como podrían ser Argentina o Chile).

Esa mirada de izquierda también estaba en la carta de Evo Morales de 2006. Agreguemos ahora que aquella misiva fue presentada bajo el notable título “Construyamos con nuestros pueblos una verdadera Comunidad Sudamericana de Naciones para Vivir Bien”. Se postulaba que la integración debía, por un lado, servir a los pueblos, y por el otro, estar comprometida con el Vivir Bien. Se pedían explícitamente acciones en temas como salud, educación, pobreza, etc., a partir de la complementaridad entre las economías y “medidas efectivas para superar las asimetrías entre los países”.

Estos otros señalamientos tampoco fueron atendidos. Es que si ese pedido se tratara en serio, hoy deberíamos estar en presencia, por ejemplo, de redes industriales donde fábricas bolivianas, peruanas o paraguayas participan en cadenas industriales regionales junto a empresas brasileñas o argentinas. En cambio, un comercio donde se exportan materias primas y se importan manufacturas nunca logrará esas metas, sino que repite una y otra vez una relación subordinada.

No quiero negar con esto la relevancia de muchos avances continentales (como por ejemplo, las facilidades en el tránsito de personas y las residencias, o en el apoyo sudamericano a la democracia). Pero mi punto es que bajo el progresismo actual, varios de los temas promovidos por la izquierda se han apagado.

Es por ello que la propuesta del presidente Hugo Chávez de pasar de aquella “comunidad” sudamericana (donde participaban con mucha energía Bolivia, Argentina y Perú), hacia una “unión”, tuvo una suerte incierta. Hoy sabemos que el gobierno Lula aceptó cambiarle de nombre a la “comunidad” por el de “unión”, complaciendo el pedido de Chávez. Pero esta UNASUR es sobre todo un ámbito político, y no asegura construir políticas comunes en sectores claves de la economía y producción, y en implantar mecanismos para reducir asimetrías y asegurar convergencias. A su vez, UNASUR no hace desaparecer los problemas previos que persisten dentro de la Comunidad Andina o MERCOSUR.

Distintas iniciativas paralelas, como el Banco del Sur o SUCRE (un mecanismo de pago del comercio exterior en monedas nacionales en lugar del dólar), los tratados de comercio de los pueblos (con fuerte participación boliviana), e incluso el ALBA, expresaban aquel talante de izquierda. Pero hoy tienen dificultades o están estancadas. Otras propuestas más innovadoras, como las de Chávez en compartir el acceso a sus petróleos y generar redes comerciales continentales, también dificultades.

A su vez, se hace evidente que la solidaridad del internacionalismo de izquierda se ha perdido en muchos casos, ya que los países progresistas más grandes presionan de distintas maneras a sus vecinos más pequeños. Esta situación se comprende mucho mejor en Ecuador, Bolivia, Paraguay y Uruguay, porque la inserción internacional les imponen dificultades duplicadas. Por un lado, están obligados a remontar la prepotencia de los países industrializados y otras grandes economías, pero por otro lado, también deben lidiar con naciones vecinas, que son “amigas” progresistas, pero que de todos modos apelan a maniobras, presiones y dilaciones.

Los extractivismos impiden la integración

La pregunta clave es porqué el progresismo pasó a tener otras posturas frente a la integración y la globalización. A mi modo de ver una de las razones fundamentales se debe a que se han especializado en los extractivismos, y por ello priorizan las exportaciones de materias primas. Las consecuencias son claras: todos ellos compiten con sus vecinos en exportar similares materias primas hacia los mercados globales. De esa manera, los países sojeros compiten entre sí, y otro tanto hacen los exportadores de minerales, y así en otras materias primas.

También compiten entre todos para atraer el capital necesario para esos proyectos, en flexibilizar las condiciones sociales y los permisos ambientales, e incluso en asistencias en infraestructura o energía barata. Con ello, a diferencia del pedido de Morales de hace ocho años atrás, se sigue un camino que nos aleja del Vivir Bien.

Como terminan siendo competidores no es posible construir compromisos regionales en la oferta de materias primas, su comercialización y destino. Un ejemplo de esta gravedad lo expresa el MERCOSUR, donde sigue careciendo de políticas comunes regionales en sectores claves como energía, agroalimentos o manufacturas. El progresismo aparece tan obsesionado con los records de exportaciones que desatiende la construcción de alternativas regionales compartidas.

El progresismo también terminó atrapado dentro la institucionalidad de la globalización, y algunos de ellos, como Cristina Kirchner o Lula, se convirtieron en promotores de finalizar las negociaciones en la Organización Mundial de Comercio. Brasil ha batallado duramente por ser parte de esa gobernanza global (buscando la dirección de la OMC, en el G 20 y en formalizar a los BRICS). De esta y otras maneras, el progresismo no logró ni desglobalizarse ni plantar un internacionalismo alternativo.

Bajo las condiciones actuales hay una relación estrecha entre las estrategias extractivistas y las posturas frente a la globalización y la integración. Retomar las perspectivas de aquella izquierda plural en una dimensión permiten hacerlo en la otra y viceversa. Entonces, para salir de la dependencia en exportar materias primas y en aceptar las asimetrías globales, uno de los antídotos es recuperar una integración que coordine la oferta y stocks de materias primas sudamericanas, establezca cadenas industriales compartidas entre países, y reoriente la agropecuaria y las conexiones de transporte hacia las necesidades continentales, antes que los mercados globales. Como puede verse, es un programa de una integración que efectivamente se comprometa con los pueblos y el Vivir Bien.

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 Publicado originalmente en El Desacuerdo, La Paz (Bolivia), No 17, págs. 6 y 7, abril 2014.

 

Un comentario en "IZQUIERDA Y PROGRESISMO ANTE EL MUNDO"

  1. Amelia  08/01/2015 at 02:28

    Muy bueno el artículo. Ahora, algo que hasta el momento no he conseguido respuesta.
    En el 2000, en Brasilia, firman todos los presidentes el IIRSA. Leyendo el acuerdo, y luego entrando en el BID, podemos observar que los préstamos otorgados a todos los gobiernos latinoamericanos, son para el desarrollo de infraestructuras.
    Infraestructuras relacionadas con proyectos de inversión foranea, es decir, multinacionales que vienen por nuestros recursos.
    el IIRSA no está planeado para los pueblos y el Vivir Bien. En Uruguay, por ejemplo, entró la industria de la masa de papel, que no deja nada al país, por el contrario, las plantaciones de eucaliptus destrozan el territorio de tierras de cultivo. Lo mismo está pasando con el proyecto de minería a cielo abierto.
    Pasa lo mismo en Brasil, en Venezuela, en Ecuador, Argentina,Bolivia los llamados progresistas.
    Lamentablemente no veo salida, el progresismo no las da. En Uruguay, la lucha contra ARATIRI es la de unos pocos, el pueblo calla, no está interesado. Pronto tendremos frente otro tratado aún más desfavorable, el del Pacífico, que también está por votarse en la Unión Europea.
    La creación de los BRICS, tampoco es una solución, puesto que también es capitalista.
    En Uruguay, el gobierno de Vázquez va a entregar aún más el poco patrimonio que nos va quedando. Por más que Mujica pregone a todos los vientos que Uruguay producirá comida para no recuerdo cuantos millones, esa producción estará en manos extranjeras, con Monsanto a la cabeza, producción nada buena para el medio ambiente y el futuro de país.
    Creo que las movilizaciones de campesinos, movimientos sociales, indígenas, en AL van por buen camino, siendo las únicas que reclaman Soberanía, teniendo en cuenta el medio ambiente y que la producción esté en manos de los pueblos, no de empresa multinacionales. Largo es el camino, por ahí se debe andar.
    En Uruguay, poco o nada de esto tenemos, el Movimiento por la Tierra, practicamente no exite, lo que queda está divido por pleítos del pasado, entre los viejos dirigentes.
    Soy uruguaya y tu vives allá; yo no. Pero sí estuve vinculada en los 60/70, y en el pasado año cuando viví en Argentina, a los restos de lo que se llama Movmiento por la tierra. En Uruguay progresista, no se han repartido tierras, cuando se ha dado desde el gobierno fue a ‘amigos’, vergonzoso. Y, lo hacen aquellos que en otras épocas eran mis ‘compañeros, entre ellos los exguerrilleros que ocupan cargos en el FA

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